Por José María Posse

Abogado, escritor, historiador

Las luchas entre unitarios y federales durante nuestras guerras civiles fueron en extremo cruentas; desangraron a una generación entera. Las diferencias personales entre individuos que conformaban uno y otro bando eran notorias, desde la divisa punzó que usaban los federales en su vestimenta, hasta las patillas, barbas y bigotes que utilizaban para diferenciarse entre ellos.

En Tucumán, las discrepancias eran muchas veces intolerables; los separaban sangrientos combates, con muertos y heridos de ambos lados. Deudas de sangre que se heredaban de una generación a otra, como las luchas entre los Aráoz y los López, verdaderos Montescos y Capuletos criollos. La familia del primer gobernador de Tucumán y héroe de la Independencia, don Bernabé Aráoz, no perdonaba a don Javier López, a quien señalaban como el autor intelectual del fusilamiento sin juicio previo de Aráoz, Ese rencor se transmitía a sus descendientes. Mencionamos éste caso por ser el que quizás fue más comentado, pero hubo muchos más.

De a poco fueron perdiendo fuerza con la muerte de los familiares más cercanos y todo se fue perdiendo en el olvido. Las generaciones actuales no llegaron a vivenciar aquello y todo quedó en anécdotas, que tal vez una abuela relatara frente al fogón de una chimenea, en el invierno de su vida.

BENJAMÍN PAZ. Barba en forma de U, retratado por Baz.

Buenos modales

Cuando miembros de las familias enfrentadas se cruzaban en la calle o en los oficios religiosos, sólo la buena educación establecía un leve saludo con la cabeza o tocándose el sombrero, pero hasta allí llegaba la cosa. Lo común era cruzarse de vereda y mirar para otro lado, de la manera más natural y descarada. Y cuidado que un mozo en edad de presumir se fijara en una niña perteneciente a la familia odiada; ¡y qué decir cuando era la jovencita la que fijara su atención en un muchacho del clan enemigo!

En una población de pocos miles de habitantes, esos encuentros eran diarios, y lo que hoy veríamos como ridículo o inadmisible, era por entonces parte de los usos y costumbres de nuestros ancestros tucumanos.

En la moda también se exteriorizaban las diferencias, sobre todo en los cortes del pelo facial. Los unitarios usaban la barba formando una U, rapándose para ello no sólo el bigote, sino el labio inferior, hasta la vuelta de la quijada.

Los federales utilizaban las patillas abiertas y unidas con el bigote en forma de alas de murciélago que se tocaba con el bigote y a veces dejaban “la mosca”, que era el pelo debajo del labio inferior hasta el comienzo de la barba. De esta manera hacían visible su oposición a los unitarios y a su sistema político.

Bernardo Frías recordaba: Los más presumidos, lo más galantes, como los más tenorios, en las vísperas de un baile o de una fiesta, se acostaban la noche anterior atándose las barbas con un pañuelo para obtener, con la presión así conseguida, doblar los pelos de la patilla hacia la cara.

En las imágenes que acompañan la nota se observa por ejemplo, el óleo del ex gobernador federal don Juan Manuel Terán, quién posó para el retratista Ignacio Baz con la divisa punzó en la solapa. El bigote y las patillas (si bien no son exagerados como los del dibujo del Chacho Peñaloza) marcan un fuerte contraste con el del tenaz unitario Benjamín Colombres; en el óleo que lo retrata (también obra de Baz), se observa claramente la U que forma la barba en la cara del pintado y que era la marca característica de los miembros notorios de ese partido.

CHACHO PEÑALOZA. Frondosos bigote y patillas de caudillo.

Comentado escándalo

Al respecto de la familia Colombres, imaginemos el escándalo que aconteció en Tucumán cuando la hija del gobernador federal Celedonio Gutiérrez (doña Zoila) se casó con don Exequiel Colombres; como dijimos, clan enemistado a muerte con los federales. Pero ese enlace finalmente resultó beneficioso para las familias unitarias, ya que el gobernador Gutiérrez con el objeto de pacificar los ánimos, permitió el regreso a Tucumán de los exiliados unitarios que se encontraban principalmente en Bolivia y Chile.

Las aversiones más renombradas fueron la mencionada entre los Aráoz y los López. Cuando un descendiente directo de don Bernabé se casó con una descendiente de Javier López, fue todo un acontecimiento social que nadie se perdió. Las crónicas relatan que los curiosos se subían a los bancos de la Iglesia Catedral para ver el final de las diferencias entre las familias.

Es de destacar que eran bisnietos de los mencionados, para dar una idea del tiempo que duraba esos odios entre nuestros antepasados. Aunque la pareja no pareció dar importancia alguna al tema, varias tías ancianas jamás volvieron a dirigirles la palabra.

Otra de las anécdotas cuenta que una mañana de principios de siglo XX, un viejo unitario quien había sido gobernador de Tucumán, caminaba apoyado en su bastón ya casi ciego, y se cayó en la calle. Un buen samaritano lo ayudó a levantarse y lo acompañó hasta su casa. Al llegar, el irascible unitario le preguntó al gentil transeúnte si a quién debía tamaña atención. Al escuchar que el comedido era hijo de un notorio federal, levantó los brazos y la cara al cielo y exclamó: “¡Qué desgracia señor, ser viejo, ciego y que venga cualquier sinverguenza a auxiliarlo…!” Así eran las cosas en el Tucumán de antaño.